Una bicicleta propia

Cuando Wadjda reta a Abdallah a una carrera, este le responde: “¿No sabes que las chicas no pueden montar en bici?”. La niña, que se desvive por conseguir una para pedalear junto a su amigo, sabe que ni su padre ni su madre se la regalarán por miedo a poner en peligro “la dignidad de una chica”. Pero la carrera no tiene lugar únicamente sobre dos ruedas. Lo que Wadjda quiere, en definitiva, es combatir el patriarcado… con una bicicleta.

Así comienza La bicicleta verde, el primer largometraje dirigido por una mujer en Arabia Saudí. En la película, Haifaa Al-Mansour pone a este vehículo como eje principal de la lucha feminista que guía a Wadjda, la protagonista, en su vida cotidiana.

Eduardo Galeano escribió que “por culpa de la bicicleta, el opresivo corsé, que impedía pedalear, salía del ropero y se iba al museo”. Cuando yo descubrí este revelador invento, a mediados de los 90, el corsé, tal y como lo imaginamos, llevaba un tiempo viviendo dentro de los museos y los libros. Sin embargo, había mutado en diferentes expresiones.

La bicicleta no solo es un medio de transporte. También es una herramienta de cambio social. Hace años —siglos, de hecho— la feminista sufragista estadounidense Susan B. Anthony dijo que “la bicicleta hizo más por emancipar a las mujeres que cualquier otra cosa en el mundo”. “Le dio a las mujeres un sentimiento de liberación e independencia”, añadió.

A lo largo de mi vida he pasado mucho tiempo subida a una bici. La mayoría de esas veces ocurrieron entre los 6 y los 13 años. Por entonces, pasaba julio sí y agosto también en el pueblo de mi madre y mis abuelos. A través de la bici lo canalizaba todo. Era mi vehículo no necesario —es un pueblo muy muy pequeño—. En realidad no era solo mi vehículo, sino la mayor herramienta de socialización e independencia que poseía. Además de la mejor compañía cuando estaba sola. Ahora esto último me parece lo más importante. Los niños y niñas del pueblo íbamos como grullas en otoño, cada cual con su bici, sembrando el caos en cuestas y curvas. Sin embargo, mi bici adquiría mucho más poder cuando me perdía yo sola por el campo.

Entonces, aquello de “no deberías ir sola por ahí, te va a pasar cualquier cosa, hay hombres malos” pesaba mucho en mi cabeza. A mí, lo que más me asustaba era encontrarme a un jabalí. Eso sí lo veía realmente peligroso. No tanto el andar sola por ahí. Tiempo después comprendí que el jabalí también mutó en diferentes expresiones.

Durante esos años los miedos que interioricé fueron muchos. Y los referentes feministas que tenía muy pocos. A finales del siglo XIX, la periodista y ciclista Annie Cohen Kopchovski, más conocida como Annie Londonderry, dio la vuelta al mundo en bicicleta durante 15 meses. La que fue la primera mujer en hacerlo, escribió al volver: “Soy una nueva mujer, si ese término significa que me creo capaz de hacer cualquier cosa que pueda hacer un hombre”. Al mismo tiempo, en EEUU, las sufragistas ponían a la bici en el centro de su lucha: promovieron su uso y evidenciaron que no se trataba solo de un cambio en la movilidad, sino que iba mucho más allá. Amelia Bloomer se manifestó en contra de llevar, por imposición, voluminosas faldas que dificultaban el pedaleo. Intentó generalizar así el uso de pantalones holgados que más tarde pasarían a llamarse bloomers. 

Todo esto tuvo, por supuesto, su reacción patriarcal. En las revistas científicas, los médicos de la época comenzaron a difundir una enfermedad inventada que llamaron “cara de bicicleta”. Bajo esta ficción intentaron hacer creer a las mujeres que mantener las facciones en tensión mientras iban en bici transformaría su rostro de manera que perdieran su “tierna y cariñosa mirada”.

Pero esto no supuso un obstáculo. No al menos uno demasiado grande. No son pocos los colectivos ciclistas feministas que hoy reivindican una lucha feminista atravesada por la bicicleta, tanto por su componente empoderante como por su utilidad práctica y por la mejora de la calidad de vida en las ciudades que lleva consigo. Cuidarnos también es eso.

Cuando cumplí 14, las visitas al pueblo de mi familia se redujeron. Con ellas también los paseos en bicicleta. Sin embargo, mi ciudad me ofrecía algunas condiciones idóneas para seguir en las andadas. Que yo recuerde, siempre he tenido una bici. Aunque ya de adolescente, su uso se reducía a ir al instituto con ella, de vez en cuando, a casa de mis amigas o a hacer recados. El jabalí, tal y como lo imaginamos, había desaparecido de mi imaginario. Sin embargo, la ciudad era, de nuevo, un campo de batalla, y la inseguridad y el acoso, la vida cotidiana. La bicicleta, sobre todo por la noche, ha acabado por convertirse en una de mis herramientas de autodefensa más potentes —seguramente, lo fue desde el principio—.

La bicicleta es feminista. Esta es una de las máximas de la Clitoral Mass, una bicicletada organizada por los colectivos Red Bike and Green y Ovarian Psycos. Estas últimas, pedalean desde la visión de que las mujeres son agentes de cambio que crean y mantienen su propia salud y la de sus comunidades para las generaciones presentes y futuras.

Hace unos días, alguien que enseña a adultos a montar en bici me contaba que el 80% de quienes asisten a los talleres son mujeres. No es casual. La repercusión de su caso hizo que fuera difícil silenciar a Annie Londonderry, pero mi abuela nunca aprendió a montar en bici. “La dignidad de una chica”, entre una larga lista de cosas, nos jodió ese ratito en que el aire te da en la cara, en que te sientes veloz, fuerte y autónoma.

Ilustración de cabecera por Belén Freire.

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