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El hacha

“Marriage is for old folks”*

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En los últimos meses, años, he oído, debatido, pensado mucho sobre amor y relaciones, sobre afectos y deseos. Quizás le he dado tantas vueltas que al final las ideas me han dado la vuelta a mi, y he llegado a conclusiones que me hacen enfrentarme día a día a contradicciones con mi entorno más cercano. Contradicciones que he ido haciendo mías, negociándolas con amistades, compañeras y compañeros de trabajo, con familiares, personas de otras partes del mundo. Desmontar el amor romántico cuesta, y no todxs estamos en el mismo punto y voluntad de deconstruirlo. Cada unx puede llegar a construir su sistema de relaciones partiendo desde diferentes puntos, no hay una teoría, ni una manera mejor, mientras estas estén hechas y escogidas libremente. Y esto cuesta, si nade nos ha enseñado como hacerlo.

Lo que me es difícil de entender es que personas de mi entorno, que han crecido y se han socializado en unas circunstancias mas o menos parecidas a las mías, con las que aun compartir o no puntos de vista sobre este tema o otros, tomen la decisión de casarse. Tengo que admitirlo, me rompe los esquemas. No he ido nunca a una boda, y dudo que siendo consciente de lo que me despierta, vaya nunca. Quizás me explotaría la cabeza. A pesar de mi aversión al matrimonio, cada vez tengo más gente cercana que se casará: “ya solo nos queda un año”, leo en sus posts románticos en las redes sociales. ¡¿Un año?! Si en un año yo no sé dónde estaré, si tendré trabajo, con quién follaré… ¿cómo sé si querré estar con una persona y jurar que seré su única amante durante toda la vida?

Sé que hay diferentes razones, opciones. Sé que ahora las bodas son divertidas, motivos para celebrar, que la mayoría no lo vive como un compromiso real, o como una imposición social y religiosa, gracias a la posibilidad de divorciarse si se cansan. Pero entonces, ¿qué les impulsa a hacerlo? Si quieres celebrar que amas, puedes hacerlo, y compartirlo con todxs, gastarte diez mil euros en una fiesta, o hacer un viaje increíble, sin firmar un contrato matrimonial. El quid es, pero, justamente ese contrato, este vínculo, el hecho de decir un “para siempre” a la pareja monógama, que a muchas otras cosas -lugar de residencia, trabajo…- no dirías.

Para muchxs es un paso clave en un supuesto ciclo vital. Es una manera rápida y eficaz de mostrarte “serix”, fiel, centrada. ¿Cómo? Demostrándole al Estado que te sometes y aceptas sus postulados: la vida en pareja significa que estableces una rutina afectiva, que ya eres una “persona madura”, que el siguiente paso es una hipoteca, las criaturas, el trabajo estable. No estoy segura que eso actualmente sea sostenible, dada la inseguredad económica a la que nos lleva el mercado laboral precario. Es más: dudo que ni tan solo sea la vida que deseamos, sino la que “toca”.

Y rebelarse -o darnos cuenta que tal vez deberíamos rebelarnos- contra ese camino irrefutable… es difícil.

*Ya lo decía Nina Simone… El matrimonio es para viejxs.

Dándole vueltas, puedo entender cosas. Como por ejemplo que puede ser muy digno casarse en otras circunstancias culturales en las que no vivo; que no puedo pretender suponer que todxs parten del mismo punto que yo cuando hacen este paso. Para una mujer que quiere tener una criatura con su pareja (las dos lo quieren), poner como condición el matrimonio antes de tenerla puede ser una medida de protección ante la posibilidad de quedarse sola con la carga que tenía que ser compartida, y para poder exigir un aporte económico. Dinero, papeles, leyes. También puede ser una herramienta para huir de un círculo opresivo: cuando te casas, tienes vía libre para irte detrás del hombre, a dónde sea, e irte lejos del entorno familiar o social que te limita cuando estás “sola”. Aquí puedo ser empática, y evitar por momentos el escalofrío que me recorre cuando oigo la palabra matrimonio.

Así, hasta podría suponer que me encuentro en esa situación: en mi caso, sólo entiendo el hecho de casarme como una “trampa” administrativa, como un atajo para obtener beneficios fiscales, ahorrarse trámites burocráticos y dinero. Admiro quien se casa para conseguir la nacionalidad, o demostrar que no va a huir en medio de un proceso judicial, por ejemplo; y a la vez, me parece aberrante que eso demuestre más arraigo a un país que un certificado de estudios, o un contrato laboral, o los testimonios de amigxs que aseguran que tienes una vida hecha, que tienes vínculos, y que no necesariamente lo más importante es una relación monógama, para demostrar que no hay peligro de fuga.

Es sorprendente cómo el Estado, el sistema monógamo, penaliza así la no sumisión por escrito y bajo juramento al hecho de vivir en pareja. No es tan solo la sociedad heteropatriarcal, la que no contempla vivir relaciones poliamorosas, al margen de los pactos impuestos por esta, no. El problema es más profundo: es la ley, la que obliga a someterse a un patrón de relaciones. Por un lado, por lo mencionado anteriormente: casarse abre muchas puertas administrativas y jurídicas, y perjudica aquellas personas que no pasan por el aro (a la hora de repartir bienes, o heredarlos, por ejemplo, si no estás casadx, no tienes derecho a lo que has compartido con la otra de manera directa); por el otro porque directamente va en contra de quien no cumple el pacto de “ser fiel a la pareja”, especialmente si es una mujer la “adúltera”. La infidelidad demostrada con pruebas puede ser un supuesto definitivo para hacer ganar un juicio por divorcio a la parte “afectada”. Por suerte en España dejó de ser delito en 1978 (¡sólo hace 38 años!), pero ¿todavía tenemos que rendir cuentas y dar explicaciones al sistema sobre lo que hacemos con nuestra vida sexual y afectiva?

En el puente de las Artes de París, miles de parejas sellaban su amor atando un candado a la reja y lanzando la llave al río. En junio de 2015 se retiraron porque según el vicealcalde de la ciudad "las 45 toneladas de candados son estructuralmente malas y pueden causar accidentes". Está todo dicho.

Pero volvamos al significado del matrimonio. Simbólicamente, es bonito si crees en el amor romántico y el “vivir felices para siempre” que promueven la violencia machista basada en la dependencia de las mujeres a la supremacía masculina, y que desde los feminismos estamos intentando desmontar para salvar nuestras vidas. Socialmente es fruto de una norma, una cultura patriarcal que impulsa a tener pareja “para siempre”, a amar solo a una persona y a serle fiel, a prometerlo ante un ser superior -sea una deidad o un cargo institucional. Administrativamente puede ser una escapatoria, una manera de aplanar caminos burocráticos, pero en ultima instancia es quiere decir que es el poder, a través de la ley, quien nos impone la monogamia como única alternativa para vivir en esta sociedad tan “emancipada”. Tan emancipada que no contempla -es más, castiga- que disfrutemos el amor y las relaciones afectivas como no dé la gana, que podamos tener hijxs, hacer el amor, convivir… con diversas personas, con una sola (por elección propia), o con ninguna; y que eso pueda cambiar de repente sin que quede reflejado en ningún documento oficial.

Que cada unx lo vea y lo viva como quiera, el matrimonio. Cásate si quieres. De momento, no puedo desear nada más. Espero muy fuerte, pero, que en poco tiempo no exista, que hayamos conseguido que sea inútil e incoherente a nuestras maneras de movernos por el mundo, que lo hayamos arrinconado hasta erradicarlo de nuestras existencias. Mientras, yo seguiré enfadándome un poco cuando oiga la palabra maldita, ante las sonrisas de las que han oído mil veces mi pataleta contra el sistema heteropatriarcal, y escribiendo artículos eternos como este para canalizar estas contradicciones que me persiguen.

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