Alicia Murillo: “La maternidad, como acto político, tiene que estar en continua revisión y renovación”

Reivindicar un marco legal para los trabajos de cuidados, recuperar la crianza colectiva y desligar la maternidad de lo meramente biológico. Para Alicia Murillo, subvertir la maternidad en un contexto capitalista y patriarcal como el nuestro pasa necesariamente por estas tres claves. “En el momento en que las mujeres empecemos a reivindicar nuestro derecho a cobrar por el trabajo de cuidados que se nos ha impuesto, el sistema se viene abajo”, afirma.

Murillo es la artista “multINdisciplinaDA” y activista feminista que está detrás del proyecto El cazador cazado,  que denuncia el acoso machista en espacios públicos. Ahora se encuentra de gira con la presentación de su nuevo libro, El robo de Astarté, a la par que imparte charlas y talleres sobre maternidades subversivas. Hablamos con ella sobre esto último en Madrid, donde este domingo participó en la jornada sobre familias y cuidados La casa sin puertas, organizada por el colectivo La Parcería. 

¿Qué maternidades son subversivas?

Aquellas que recogen el relevo de la generación anterior y se subvierten. Esto es, que se toma un nuevo posicionamiento adaptado a las nuevas circunstancias históricas, geográficas, culturales… No existe un concepto de maternidad subversiva universal, sino que hay que tener en cuenta en qué momento estamos, en qué sitio, en qué cultura y en qué sistema económico. A partir de ahí, se trata de tomar el relevo de las ancestras y renovarlo. La maternidad, como acto político, tiene que estar siempre en continua revisión y renovación.

¿Cómo subvertimos la maternidad en nuestro contexto (capitalista, patriarcal, occidental…)?

Por un lado, está la crianza colectiva. Tenemos que empezar a entender que la crianza no puede estar solo en manos de las madres y también a subvertir el concepto heterosexual de la maternidad. A veces, cuando no hay espacios habilitados para la crianza en algunos sitios, te preguntan: “¿Y por qué no lo dejas con el padre?”. En realidad, ni tiene porqué haber un padre, ni la crianza tiene que ser heterosexual. Tiene que ser colectiva, de toda la sociedad. Si le preguntas a alguien que dónde está el padre, la respuesta sería: “¿y dónde estás tú?”. Todo el mundo tiene que estar incluido en la responsabilidad de los cuidados, hayamos o no parido.

Por otro lado, está el tema de la gratuidad de los cuidados. Si estamos en un sistema capitalista, ¿por qué los cuidados son una excepción y es el único trabajo no pagado?

Otra subversión importante es la de no relacionar la maternidad con lo biológico. Hay muchos tipos de maternidades fuera de eso. Hay muchas formas de traer una criatura al mundo y de criarlas: la adopción, el acogimiento, la maternidad lésbica, el poliamor, vecinas colaborando…

¿Entonces tenemos que repensar lo que se entiende por familia?

Dicen que los modelos de familia han cambiado. En realidad, yo no creo que hayan cambiado tanto, sino que se visibilizan y reconocen más otros modelos.

La negligencia de los hombres en los cuidados es histórica. ¿Quién se ha criado con su padre? Los padres han estado siempre trabajando fuera de casa. En este sentido, la crianza ha sido siempre monomarental o monomaternal. Es mentira que la crianza haya sido heterosexual. Nosotras nos hemos criado con nuestras abuelas y con nuestras madres y la crianza que hemos heredado que, insisito, no es la misma aquí que en Marruecos o en Noruega, está basada en el abandono paterno. Eso es lo que yo veo como tradicional. La crianza que yo tuve me parece mucho más colectiva que la que están teniendo mis  hijos. A mí me criaron mis vecinas. Yo merendaba en la casa en la que estuviera a las 5 de la tarde, que podía ser la mía o la de mi vecina. Además había muchos menos coches en los espacios públicos y podía ir de aquí para allá en bicicleta. Eso ahora mis hijos no lo pueden hacer, por ejemplo. Ha habido un retroceso. Ha virado el concepto y se ha hecho menos colectivo. Por eso, cuando ahora queremos reconducirlo hacia la colectividad nos dicen que somos unas modernas, cuando eso realmente ha sido así toda la vida. La individualidad a la que hemos llegado tiene 20 años. Son crianzas muy nuevas.

¿Cuáles son tus referentes de crianza colectiva?

Mi madre, mi abuela y mis vecinas. Que no estamos hablando de una cosa tan lejana…

Además, con toda la superioridad con la que las mujeres blancas miramos a Marruecos, allí la crianza es mucho más colectiva que aquí. Viví allí dos años y lo pude ver: los hermanos y hermanas mayores se encargan de los bebés y las madres están más tranquilas porque saben que los vecinos y las vecinas están ahí. Mi casa tenía un patio en medio, una plazoleta con casas alrededor. Allí los niños y las niñas jugaban, pero también se cuidaban unos a otros.

¿La crianza colectiva es un tabú o existe cierta reticencia a acercarse a ella?

Se han confundido muchas cosas. Nosotras hemos hecho nuestra parte, la de incorporarnos al mercado laboral. Pero el resto de la sociedad, y no nombro solo a los hombres, sino a todas las personas que no son madres, no han cumplido. El trabajo de cuidados alguien lo tiene que hacer y la solución no puede pasar por institucionalizar a los menores. Y no solo a menores, sino a personas enfermas, dependientes o mayores. Si estamos institucionalizando en base a lo productiva que sea una persona en la sociedad, esto es lo contrario a la inclusión social.

Si el trabajo de cuidados se remunera, el sistema se colapsaría. Hablamos de trabajar casi 24 horas, 7 días a las semana…

A mí a veces me dicen que es muy capitalista eso de cobrar por cuidar. Me dicen: “¿cómo vas a capitalizar el amor?”. Para mí lo capitalista es sostener este sistema con trabajo gratuito. Si realmente queremos acabar con este sistema capitalista, lo que tenemos que hacer es meternos dentro como gusanos, a pudrir la manzana. En el momento en que las mujeres empecemos a reivindicar nuestro derecho a cobrar por el trabajo de cuidados que se nos ha impuesto, el sistema se viene abajo. Y, entonces, no quedará más remedio que hacer la crianza colectiva y vivirla así en todos los espacios físicos, emocionales y psicológicos. Pero hasta que esto no se colectivice, tenemos que cobrarlo y cotizar.

 

 

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